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Mirambel carlista

07/09/2009

Mirambel tuvo un papel primordial en la primera guerra carlista o Guerra de los Siete Años, ya que en él instalaron los carlistas la sede de la Junta Administrativa de Aragón, Valencia y Murcia, lo que la convirtió en una especie de capital administrativa del territorio controlado por los partidarios del Pretendiente. La época carlista supone así el momento cenital en la larga historia de esta villa, unida desde su reconquista a mediados del s.XII a las órdenes del Redentor, Temple y  finalmente San Juan de Jerusalén hasta el mismo siglo XIX.

El ataque de El Serrador

Una página dolorosa para el pueblo fue el 24 de Febrero de 1837, en que  los carlistas del brigadier  José Miralles el Serrador  atacaron Mirambel, donde se había refugiado el gobernador cristino de Cantavieja D.Angel Donoso Cortés y la guarnición de ésta plaza, compuesta por cuatro o seis  compañías de soldados del primer batallón del Regimiento del Rey, después de ser sorprendidos a la altura de Todolella durante la marcha entre ambos pueblos. Los soldados se vieron obligados a retirarse a la iglesia, donde se hicieron fuertes. Los carlistas enviaron con bandera blanca a José Rey para pedir la capitulación, pero fue muerto por un disparo de los liberales desde la torre. En vista de ello, José Miralles el Serrador mandó prender  fuego a la iglesia y edificios ocupados por la guarnición – en la noche de ese mismo día 24, usando como combustible entre otras cosas los papeles del archivo municipal-, que a las once del mismo día se rindió, cuando varios individuos de tropa habían perecido ya entre el humo y las llamas, que provocaron el hundimiento de las techumbres de la iglesia y torre. El gobernador prefirió morir entre las ruinas de la iglesia antes que entregarse. Siete soldados y un oficial pudieron escapar de aquél abrasado recinto.[1]

Tres soldados liberales pudieron escapar escondiéndose en una mina en la casa Castillo, mientras que otros dos quedaron con vida enterrados en la Sala Capitular, de donde fueron salvados a los cuatro días. Los demás, en numero de 119, fueron hechos prisioneros y fusilados en las eras los tenientes Cortés y Amorós .

Ocho días duró el incendio, salvándose sólo las paredes de la iglesia y torre, así como algunos de los objetos de culto y arte, que pudieron ser sacados por los vecinos.

Un grupo de la fuerza liberal , formado por el oficial D.Agutín Pujol y 20 soldados, un tambor y un corneta, quedaron aislados en el portal de las Monjas, que vista su dolorosa situación les dieron cobijo en el convento, abriéndoles la superiora sor Dolores la clausura y escondiéndoles en el panteón – la lóbrega cripta de la iglesia con las placas mortuorias-, donde durante varios días les llevaban alimentos, sin faltarles aire que les entraba por una pequeña reja que comunicaba con un huerto inmediato.

Una mujer, que vió a los soldados en lo alto de la Torre en un momento de expansión, les denunció. El Serrador mandó registrar el Convento. La propia madre superiora les dirigía, obsequiando a los voluntarios carlistas con pastas y dulces en el refectorio, pero la búsqueda no dio resultado. A los pocos días los soldados pudieron escapar y unirse a sus tropas en Cantavieja. Una placa en la fachada de la iglesia del convento recordó durante algún tiempo el valiente gesto de sor Dolores, hasta que fue arrancada y desapareció en 1936.[2]

La Expedición Real se hospeda en la villa

En el verano de 1837 Mirambel se vería honrado con la llegada de Don Carlos V de Borbón, al frente de la Expedición Real. D.Carlos se alojó en la Casa Zurita  -alguna otra fuente señala, por el contrario, a la Casa Pastor como alojamiento real- , ocupando las casas principales su Estado Mayor, Generales y Jefes, apiñándose la tropa por compañías en cada una de las casas del pueblo. El Ayudante de Campo del Rey, D. José Antonio Sacanell,  dejó escrita la crónica de aquella entrada y subsiguientes jornadas en la villa aragonesa: “ A las nueve de la noche del 30 de Julio de 1837, llegó Don  Carlos a Mirambel procedente de la Iglesuela. Quedamos en el pueblo, que era como todos los de aquél país, pero aún más sucio. A las ocho de la mañana oyó Su Majestad la misa en un convento que hay allí de monjas. De vuelta a casa recibió a besar la mano a los individuos de la Comisión Militar allí establecida. Se comió tranquilamente, pero a las cinco de la tarde nos fue preciso salir, yendo a dormir a Horcajo (Forcall).

El 1 de Agosto, tras comer en Forcall, la Expedición llegó a Zorita, donde sólo estuvieron cinco horas, por la persecución de las tropas liberales, entrando a las dos de la mañana –a las once según libro de J. Del Burgo- del 2 de Agosto de nuevo a Mirambel. Allí se conoció que las tropas de Espartero que les acosaban se retiraron hacia Madrid, al tener noticia de la toma de Segovia por Zaratiegui, mientras Oráa se acuarteló en Morella. Gracias a esta imprevista circunstancia, se pudo reponer la Expedición Real en Mirambel, mientras la maestranza trabajaba sin cesar elaborando cartuchos y acabando una piezas de a 4 reforzadas que se habían fundido en la célebre Cantavieja.

Mientras duró este feliz desenlace, el Rey permaneció en Mirambel hasta el 7 de Agosto, teniendo a su alrededor a la división Castellana. Las tropas recibieron sus haberes, que no habían cobrado desde su salida de Navarra. En Mirambel se dieron órdenes, con asistencia de la autoridad eclesiástica, para que los órganos de los conventos clausurados por la desamortización, se pusieran a disposición de Cabrera, para fabricar balas de cartuchos con el plomo de sus trompas y demás piezas de este metal”.

A las cuatro y media de la mañana del 8 de agosto de 1837, la Expedición Real inició el movimiento hacia la tierra llana del Bajo Aragón, hacia Fortanete y Villarroya de Pinares, alejándose después del Maestrazgo.[3]

Otro testigo de aquellos días, el ya citado ingeniero alemán Von Rahden, que servía a las órdenes de Don Carlos, nos dejó también sus impresiones de aquellas jornadas: “Desde principios de agosto el Cuartel Real se estableció en Mirambel, pequeño lugar a dos horas de Cantavieja. Las tropas acamparon en las inmediaciones. El enemigo ocupaba todas las inmediaciones y desfiladeros, de modo que el cuerpo expedicionario y una División de Cabrera tenían que abastecerse a través de las montaña; y pronto se vieron agotados todos los recursos y las reservas de víveres del pais, que era pobre. Iba a aparecer el espectro del hambre. Hasta en el Cuartel Real los soldados se veían obligados a engullir las tripas de las ovejas comiendo aquellos despojos con hambre de lobo. (¿Serían sabrosos callos lo que parecían despojos a Von Rahden?).

El 7 volvió Cabrera de la expedición que hizo a la huerta de Valencia para traer víveres, y con ello cambió nuestra situación, y pudimos comer en abundancia”. El día 8 salieron de Mirambel.[4]

Capital administrativa del Maestrazgo carlista

La residencia en Mirambel de la Junta Suprema de Aragón, Valencia y Murcia nombrada por Don Carlos otorgó renombre nacional a la modesta villa. En Mirambel se alojaron todos los notables carlistas, que hicieron del pequeño pueblo su corte, a la que concurrían pretendientes solicitando destinos para distintos puntos del país. Aquí se establecieron  las oficinas del Tribunal de Secuestros; las de Policia; las de la Curia Eclesiástica; las del Tribunal de Diezmos y Hospitales; las de Intendencia; las del Tribunal de Alzada; las de la Tesorería General; las de la Imprenta Real y las del Papel Sellado. Las oficinas de la junta carlista funcionaron en la casa Aliaga, y sus bajos sirvieron de cárcel.

La Real Junta Superior Gubernativa, en la que había varios eclesiásticos, proponía los ayuntamientos, nombraba alcaldes, y oficiaba sobre los más variados asuntos. Sus oficios los firmaba el Obispo de Orihuela y el gobernador de la plaza de Cantavieja, coronel Magín Miguel, tal y como puede verse en los documentos que se conservan.

Sirva de ejemplo de esta diversidad de materias, la Circular  firmada en Mirambel por los obispos de Mondoñedo y Orihuela el 7 de febrero de 1939 en nombre de la Junta carlista, ordenando la reunión de partidas de hombres para batir las abundantes manadas de lobos que causaban terror en los pueblos de la zona devorando ganados y personas.

Los sellos de Boj que usaba la Junta Carlista de Mirambel y Gobierno de Cantavieja fueron realizados por los artesanos de Mirambel D.Ramón y su hijo Pedro.[5]

En Mirambel residieron los obispos de Orihuela y Mondoñedo –Don Félix Herrero Valverde y Don Francisco López Borricón, respectivamente- , que ejercían la jurisdicción castrense en la casa vicaria de las Monjas Agustinas. En la Imprenta del Gobierno, por José Trullás, que funcionaba en  Mirambel ,se publicó el 1 de Junio de 1838 la Pastoral del segundo de estos obispos, “Vicario General Castrense de los Reales Ejércitos de S. M el Sr. D. Carlos V”.[6]

Durante la presencia carlista en Mirambel, un correo unía al pueblo diariamente con Morella.

En diciembre de 1837 Cabrera llegó a Mirambel, donde tenía su sede como se ha dicho  la Junta Superior Administrativa. Es de advertir que ésta residía indistintamente en Cantavieja, Mirambel e Iglesuela, según exigían las circunstancias.

El 11 de Febrero de 1838 pasaron  por Mirambel, camino de Cantavieja, los prisioneros liberales hechos en la victoria de Villar de los Navarros que habían sobrevivido su cautiverio en Beceite.

En ese mismo año de 1838 se establecieron en Mirambel y en Morella dos tribunales llamados de Alzadas, compuestos cada uno de tres ministros y un escribano de Cámara: D. Francisco de Paula Armengol, D.Blas María Ballesteros y D. Jose Ortega eran los ministros. En determinados casos pedían estos tribunales a la Junta Gubernativa el nombramiento de dos letrados más para formar  sala de cinco jueces [7]. Igualmente se instalaron en la villa  fábricas de pólvora y fusiles, análogas a las que funcionaban en Cantavieja y en Morella.

En Abril de 1839 la Junta Superior Gubernativa editó en Mirambel, en la calle Mayor, los tres únicos números que llegaron a publicarse de el períodico carlista “El Libertador de Aragón, Valencia y Murcia”. (J.Altaba: “Cantavieja y su Baylía” pag 118). Posteriormente se transformó en el “Boletín de Aragón, Valencia y Murcia”, que salió primero de Mirambel y luego se trasladó a Morella, donde se publicó hasta finales de Febrero de 1840. Ese mismo mes de Abril  Los movimientos del ejército liberal mandado por el general Ayerbe obligaron a todas estas dependencias a trasladarse ese mismo mes de abril, no quedando en Mirambel más que la Brigada de Artillería carlista, y después más que el Batallón de Guías de Aragón, que la reemplazó, y que abandonó el pueblo ante el acercamiento de las fuerzas del general Ayerbe al final de la guerra.[8]

Cabrera estaba en Mirambel cuando tuvo noticia de la firma del Convenio de Vergara.  En esta misma villa  mantuvo acto seguido una reunión con los jefes de su ejército – generales de división Forcadell y Llangostera, y brigadieres Arévalo, Polo, Arnau, Beltrán, Cubells y Franco- para compartir con ellos la decisión a tomar [9].  Acabada la reunión, la Junta Superior Gubernativa se dirigió el 14 de Septiembre de 1839 a todos los pueblos, exhortndoles a que se unieran al Conde de Morella en su decisión de continuar la lucha.  También desde Mirambel mandó Cabrera publicar su histórica  proclama del 7 de Octubre de 1839 en la que instaba a todos los Voluntarios a seguir la lucha, acabando con las exclamaciones  ¡Viva la religión! ¡Viva el rey!. Con ella replicaba al Manifiesto que Espartero había hecho público desde Zaragoza[10]. La proclama fue publicada en la imprenta que funcionaba en la villa , conservándose en el archivo municipal. [11]

Pero los titánicos esfuerzos de los carlistas del Maestrazgo serían inútiles ante un ejército muy superior dispuesto a arrollarles. En 1840 el ejército reunido de Espartero y O´Donnell, con más de 80.000 hombres , 6.000 caballos y 100 fuerzas de artillería convergen sobre el Maestrazgo.  Mirambel es tomada por el general O´Donnell, al tiempo que van cayendo Cantavieja, Villarluengo, La Cuba, Pitarque y las otras poblaciones defendidas por los carlistas.

Participación en la última guerra

De nuevo en la última de las guerras carlistas en el período 1869-1875, Mirambel volvería a estar en el primer plano de aquellos acontecimientos.

Ya en  agosto de 1872, descendiendo desde el monte del Mas de Anieto,  aparecieron en Mirambel las primeras fuerzas carlistas que iniciaban el levantamiento a favor de Carlos VII, compuestas por diez hombres mandados por el cura de la Cañada y los hermanos Puerto, haciéndose con seis escopetas que había en la Casa Consistorial. Los carlistas del pueblo les obsequiaron en una taberna de la calle Mayor, esquina a la del Mesón, con pastas y licores.

Pocos días después se presentaron otras partidas que merodeaban por la zona, así como patrullas del ejército que andaban en su persecución.

Los carlistas fueron sorprendidos en la Muela de Palomita, donde estaban acampados y arreglándose la comida, municiones y calzado. La lucha duró todo el día, con los liberales rodeando el monte por sus cuatro costados. Algunos pudieron escapar, mientras que otros se despeñaron por aquellos barrancos.

A pesar de la persecución de que eran objeto las distintas partidas carlistas, consiguió formarse una columna de 3,000 hombres, mandada por el general Marco de Bello, que tras varios triunfos fue haciéndose con el control de aquellos territorios. Pallás, nombrado por los carlistas comandante de armas de Mirambel, fijó por mucho tiempo su residencia en el pueblo, y durante su estancia visitaron la villa varios cabecillas que pernoctaron en ella.[12]

El 30 de junio de 1875 tuvo lugar un combate en las inmediaciones de Mirambel entre la división del general Weyler y los batallones carlistas de D.Pascual Gamundi. Weyler recibió instrucciones de cubrir el frente de Villarluengo y Fortanete dentro de los preparativos para el cerco de Cantavieja, hacia donde se dirigía el general Martinez Campos, Capitán General de Cataluña.

Weyler tuvo noticia de que Gamundi y Boet se encontraban con cuatro batallones carlistas en Tronchón, por lo que encaminó hacia allí sus pasos desde La Mata, con objeto de alejarlos de las inmediaciones de Cantavieja y de la Iglesuela del Cid, donde estaban las fuerzas de Dorregaray. En la bifurcación del camino de La Mata entre el que conduce a Tronchón y el que lo hace a Mirambel, se avistaron las avanzadillas de uno y otro bando. Poca distancia después de esta bifurcación el camino hacia Mirambel ensancha, entrando en el llano donde está la ermita de San Marcos, rodeada de lomas y montes, entre los cuales se encuentra al frente el Carrascal, casi inaccesible y cubierto de bosque, y a la izquierda varios cerros también de difícil subida, en uno de los cuales se halla la ermita de San Cristóbal de Mirambel. Los carlistas ocuparon las posiciones de la ermita atrincherada de San Cristóbal y las alturas de la izquierda, mientras que los liberales tomaron posiciones en la ermita de San Marcos  y las lomas de los flancos del camino. El general Weyler ordenó tomar el Carrascal, con intención de que un batallón tratase de envolver el flanco izquierdo de la linea carlista, cuyas posiciones en la ermita eran batidas continuamente por el fuego de la artillería situada a mitad de camino entre la ermita de San Marcos –donde quedó el convoy de la división- y el Carrascal. Tras feroz combate, los carlistas abandonaron la ermita en la que resistían, retirándose hacia Fortanete, mientras que Weyler encaminó su división hacia Tronchón, en cuyas inmediaciones  registró un nuevo enfrentamiento con dos batallones carlistas al mando de Pallés.

Según el parte de Weyler, la batalla del camino de Mirambel dejó varios decenas de muertos en ambos  bandos contendientes, entre ellos un coronel y un teniente coronel carlistas.[13]


[1] B. de Córdoba, Tomo II pag 192.

[2] Benigno Palos Fabregat, pag 54.

[3] J. del Burgo, pag 207-8;  y  A Bullón, “La Expedición Real” pags 126 y127.

[4] Von Rahden, pags 128 y 129.

[5] B.Palos Fabregat, pags 57 y 93.

[6] Jaime del Burgo, “Bibliografía…” pag 586.

[7] B. de Córdoba, Tomo III pag 236-237.

[8] Pascual Madoz, pag 128.

[9] Von Rahden, pag 239.

[10] B. de Córdoba, Tomo IV pags 140 y 147, y Nota 25.

[11] B. Palos Fabregat, pag 59.

[12] J. Altaba, pag 127.

[13] Cuerpo de Estado Mayor del Ejército, Tomo 13 pag 432.

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